¡Marichiwew! 10 veces innovaremos

Enviado por manuel tironi el febrero 09, 2008 a las 9:00
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¿Qué tiene que ver el tema mapuche, tan candente hoy en día, con la innovación? Si aplicamos la visión convencional, nada. El movimiento mapuche más activo –la CAM por ejemplo- son unos cuantos campesinos y un par de universitarios. Sí, es cierto, también hay involucradas una serie de redes internacionales que arman una fascinante arquitectura rizomática local-global, pero ese es otro tema sobre el cual ya escribiré. El punto es que el movimiento mapuche son un puñado de tipos que no han inventado ninguna aplicación tecnológica, no están incubando ningún negocio, no están haciendo investigación científica de avanzada, no están patentando descubrimientos ni mejorando sistemas industriales ni diseñando nuevos prototipos, softwares, objetos, gadgets o lo que sea.

Pero en mi opinión, el reinvindicacionismo mapuche está haciendo algo mucho más potente que todo lo anterior, algo que de verdad puede propulsar la innovación: está complejizando la visión de nosotros mismo, de nuestra historia, educación y costumbres; están, en suma, cuestionando nuestra identidad como país y como cultura, y eso sí que es algo fundamental para la creación y expansión de la innovación.

Que quede claro que no quiero justificar ningún tipo de acto reñido con la ley (the usual disclaimer applies) ni debatir sobre la problemática de los pueblos originarios, sino que enfocarme en el bien que le hace al país y, específicamente, a la creación en éste de un milieu que estimule la innovación, que se nos remueva el piso, ese piso –el piso de la identidad- que en Chile creemos tan consolidado, obvio y transparente. Más que armar un meta-mega-hyper-macro argumento sobre el tema, prefiero lanzar tres ideas.

Las identidades no están fijas, y la innovación se nutre de esa movilidad/heterogeneidad. Hay ya bastante evidencia sobre la correlación entre diversidad cultural e innovación. La más famosa es la hipótesis de las “tres Ts” de Richard Florida. Según éste, la creatividad germina en lugares que son densos en Tecnología, Talento y Tolerancia. Ésta última es definida por Florida como la aceptación “of all ways of life”. Famosos (y debatidos) son sus índices de diversidad étnica y de densidad gay: los lugares que muestran altos niveles en estos índices (o sea lugares en los que estos grupos se sienten cómodos) son por lo general donde germinan las industrias creativas y, por ende, donde hay desarrollo económico. Zachary (2000) hace lo suyo dentro de la empresa, mostrando cómo aquellas organizaciones en las que conviven distintas culturas y etnias tienden a ser más innovadoras, flexibles y rápidas ante los cambios. El punto fundamental –y que ya es archiconocido en el mundo de la innovación– es que la innovación nace muchas veces de una crisis, de una ‘idea peligrosa’ como dice Carlos Osorio, de aquel momento en que todo lo que creíamos estable y “dado” se pone en tela de juicio. Enfrentarnos a la diversidad cultural es confrontar un hecho que muchas veces queremos negar en pos del status quo: que nuestro entendimiento del mundo –con sus sistemas de valores, referencias culturales y esquemas conductuales- es sólo uno dentro de muchos otros igual de legítimos y de los cuales podemos aprender, cambiar, nutrir, cortar/copiar, modelar, incubar, remezclar, recombinar, reconstruir, etc. Y estos terremotos son caldo de cultivo para la innovación.

La identidad “chilena” es mucho más texturizada de lo que creemos. El punto anterior es sumamente válido para Chile, un país donde siempre nos hemos asumido como viviendo en una calma y plana homogeneidad cultural. Pues hay (buenas) noticias: Chile es bastante más diverso de lo que suponemos. Por de pronto están nuestras colonias, algunas de las cuales tienen enclaves muy consolidados, como la comunidad árabe en Patronato. Y se han ido agregando nuevos grupos, como la comunidad asiática (china y especialmente coreana, ver informe en pdf) que ya es un actor urbano importante en muchos barrios, como lo muestra el surrealista ‘mall chino’ en pleno centro de la ciudad o el cluster coreano en Bellavista-Patronato. Y obviamente la comunidad altiplánica (principalmente de Perú) que ha ido transformando el paisaje urbano de la ciudad. Es cosa de ir a los cités de Recoleta, a darse una vuelta por la Vega, pasearse por los cybercafés del centro o recorrer los restaurantes circundantes al Mercado para darse cuento de ello. Y si antes la comunidad peruana estaba asociada a las labores más bajas en la escala ocupacional, es realmente impresionante cómo ésta se ha ido introduciendo en labores de la economía de servicios (cajeros de banco, contables, secretarias, etc.) Lo que quiero decir es que ya no se trata de ‘extranjeros’ sino que de chilenos en todo derecho.  

Lo tenemos frente a nosotros y no nos damos cuenta. Árabes, coreanos, chinos, peruanos; muy bien, pero aquí mismo y desde siempre tenemos a una importantísima parte de nuestra población que posee una cultura, una lengua y una historia que de muchas maneras (algunas más explícitas que otras) hemos ninguneado. Tienen que haber incendios, huelgas de hambre y tiroteos para darnos cuenta que el 5% de la población nacional, y el 25% en la IX Región (¡5 de cada 20 personas!) es parte de la etnia Mapuche, etnia que está en el corazón de nuestra cultura pero de la que no sabemos nada. Por el contrario, hemos tendido a olvidarla como si no existiera, como si fuese parte del capítulo “Conquista” de los libros de historia y nada más. Pero ahí están, metidos en lo más hondo de nuestra identidad (el lenguaje es un dato duro; la frase “hagamos un malón y después jugamos pichanga con el negro curiche que es bien huiña y es más malo que el natre pero igual le damos un pichintún de agua” tiene seis palabras en mapudungún). Y la presencia mapuche en el país no puede (y no debe) sino crecer con las nuevas generaciones que –de la mano de las nuevas tecnología- despiertan del ‘peso de la noche’ cultural que muchas veces se ha impuesto (ver al respecto el impresionante video colgado por Susana). Es imprescindible que de una vez por todas aceptemos que este país está formado por varias culturas, partiendo por la cultura mapuche que está en la médula de nuestra identidad, y que en esa diversidad está nuestra riqueza. Para innovar hay que sacudirse del ombliguismo, lo que no sólo significa darse cuenta que ‘hay vida allá afuera’ (lo global) sino también, y antes que nada, ‘que hay (otra) vida acá adentro’ (lo local). Así que bien por el movimiento mapuche, que estemos o no de acuerdo con sus reivindicaciones, debemos reconocer que está despercudiendo un poco nuestra apolillada ‘chilenidad’.

Enviado por Don el 20/09/2009 a las 23:03

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